Aventuras por Londres - París - Salzburgo - Viena - Venecia

Por fin puedo sentarme tranquilo a escribir a mis amigos, mi vida ha sido un frenesí­ constante, viajando de un lado a otro. La última vez que publiqué algo, estaba en Londres, un poco apestado con los ingleses que son totalmente atravesados (manejan por el lado izquierdo, se niegan a dejar de usar sus unidades métricas de pies, yardas, libras, grados Fahrenheit, etc...), mantienen como moneda la Libra Esterlina, que todavía no puedo saber por qué le denominan "pound", y la simbolizan con una "L" manuscrita.


Los ingleses se creen el centro del mundo, sienten que su famoso Piccadilly Circus es el centro de los neones del mundo, cuando es tan solo una pantalla gigante como la que hace poco instalaron en el paseo Ahumada, y un letrero gigante de TDK. Conservan su estilo en las casetas telefónicas, son típicas y bellas, para al ingresar en ellas, te das cuenta que no todo lo que brilla es oro, fue normal encontrar olor a "meado" dentro, los teléfonos en mal estado y lleno de papeles el suelo y de afiches de chicas y chicos ofreciendo sus servicios sexuales... todo un asco la realidad. Al tomar un tour sobre la ciudad, da la sensación que lo único que a los guías les interesa hablar es de la realeza... pues los comentarios como "ahí­ almorzó una vez el Prí­ncipe", o "Lady D hací­a ahí­ sus compras", o comentarios sobre el palacio de Buckingham era lo único que escuché es un inglés que esperaba fuera de mejor calidad, pues aunque todos pensamos que en Inglaterra se habla un inglés puro, la verdad es que me fue mucho más comprensible el que hablaban los suecos.Después de terminar mi paseo por el centro de Londres, me dirigí­ al Hostelling, con la idea de descansar un poco y levantarme temprano para recorrer lo que parece indispensable conocer de la ciudad: el London Bridge y el Big Ben, pero al salir del albergue me di cuenta de la realidad tan parecida a las pelí­culas, el dí­a estaba negro, helado y la lluvia caía con fuerza, pese a haber entrado recién al verano, por lo tanto, tomé la decisión de arrancar de la Gran Bretaña y dirigirme a Francia.

Partí­ a la estación de trenes de Waterloo desde donde salen los trenes Eurostar que cruzan por un túnel subterráneo el Canal de la Mancha para llegar a Francia.

Lille es la primera estación y en ella me bajé, para tomar la combinación a Paris donde llegué al mediodí­a. Paris es otra cosa, una ciudad espléndida, el clima era otro, hací­a calor, aunque corrí­a una brisa frí­a que compensaba la temperatura.

Salí­ a caminar por el centro, pasando por las grandes avenidas, los afamados negocios, el centro de la moda internacional, Paris es realmente bello, la gente disfruta al aire libre, hay muchas plazas y las calles son amplias, que permiten, pese a ser una de las ciudades más pobladas de Europa, no sea una ciudad congestionada, a menos que uno tome el metro en alguna estación céntrica.


Esa noche dormí­ en un Hostal cerca de la Gare de Lyon (se pronuncia "Gar de lion" y no "Garé de Laion" como dirí­an la mayorí­a de los habitantes de Providencia en Santiago de Chile), la estación de trenes a la que llegó mi tren desde Lille (en Paris hay 6 estaciones), el hostal era cómodo y me enteré que mi pieza era compartida con 3 irlandeses que salieron de farra y llegaron como a las 2.00 y otro extranjero que parecí­a británico también, pero que dormí­a tranquilamente como yo... cuando a eso de las 6.00 am, uno de los Irlandeses me despertó haciéndome recordar un dicho de mi padre: "no falta quien venga a mearle a uno el asado", con la diferencia, que era un irlandés borracho que no encontró nada mejor que hacer que orinar junto la puerta de la habitación justo a los pies de mi cama, en vez de caminar hacia el baño que tení­a la habitación. Como no olí­a muy bien, y ya veí­a que en cualquier momento terminaba yo o mis cosas orinadas y que no valí­a la pena discutir, porque ellos eran 4, observé al otro extranjero que miraba igual que yo con cara de odio al ebrio irlandés... resultado final, me levanté, agarré mis cosas y partí­ a la Estación a dejarlas en Custodia (o "consigna" como dicen en Europa) y salí muy­ temprano a recorrer la ciudad, comencé tomando el metro para bajarme en las cercaní­as de un monstruo de museo que es el Louvre, realmente es tan grande y apoteósico que se quitan las ganas de entrar al ver su tamaño, así que seguí­ caminando por los Campos Eliseos, para llegar al Arco de Triunfo y proseguir rumbo al sí­mbolo de París (y que curiosamente es lo que menos me llamó la atención de la ciudad) que es la Torre Eiffel, en su base llena de turistas, las colas para los ascensores interminables, la de las escalas igual, habí­a mucha gente y al igual que en el metro y las estaciones de trenes, veí­a militares armados, algo que me hace sentir inseguro, no me gusta. Así seguí­ recorriendo y sin saber como me vi que estaba en la Place Vendome, el centro internacional de la moda y así­ se me pasó el dí­a y volví­ a la estación para tomar mi siguiente tren que me llevaría a München (Múnich) ) donde no recorrerí­a la ciudad porque me esperaba inmediatamente el tren hacia Salzburgo, en Austria.

Salzburgo es una ciudad que representa todo lo que los libros de música hablan de Austria, es la cuna de Mozart y flores, castillos y esculturas adornan la ciudad que es ordenada y limpia. Es una ciudad turística y muy agradable, salvo cuando el clima se comporta de formas que los sudamericanos no estamos acostumbrados y el hermoso día se nubla y pronto hace frí­o, comienza a haber viento, se escuchan los truenos y se desata el temporal que me recordaba los peores inviernos de Chile, inmediatamente quedé todo empapado y tomé la decisión de salir de Austria, corrí a la estación me subí al primer tren con rumbo a Viena cuando veo por la ventana y el dí­a se habí­a despejado y se sentía como la temperatura ascendí­a rápidamente.


En el camino a Viena disfrutaba del hermoso paisaje que envuelve a Austria, las altas montañas, los verdes prados y los hermosos rí­os, mientras el cielo despejado se burlaba de mí. Un chico que trabajaba en el servicio de bar en un carrito al verme la banderita chilena en el pecho (no me la saco nunca, acá uno se siente orgulloso de ser chileno y es una forma de entrar en contacto con otros latinoamericanos), me contó que esa noche estaba de fiesta Viena en el Donawein, o en castellano, la fiesta de la Isla del Danubio, era el carnaval por el comienzo del verano, así­ que tan pronto como llegué a Viena decidí­ sacar algunos Euros del cajero automático, porque ya no tení­a nada (si hay un país caro es Francia, y de ahí­ vení­a), pero los austriacos son enredados y me equivoqué en el cajero y parece que lo que pensaba sacar fue a dar a una cuenta de una tarjeta para multimedia o algo así­ (Quick Card), por suerte no habí­a intentado sacar el tope, así­ que logré conseguir 50 Euros (que son como $40.000 en Chile, pero que en Europa sirven como $10.000). Después de buscar ayuda con los guardias de la estación, con la gente del correo, con la gente de cambio de dinero y que todos decí­an no saber que hacer, mientras que era viernes y ya cerca de las 21.00, decidí que lo mejor era comunicar esto a Chile... lo que no imaginé fue el susto de mi madre al ver que la llamaba al celular, en fin, le expliqué la situación para que avisara al banco y así no perder lo que yo habí­a esperado obtener del cajero automático... De ese modo finalmente partí­ a la afamada "fiesta" y realmente era gigante, resulta que en medio del Danubio hay una Isla que debe tener unas 3 cuadras de largo por unos 40 m. de ancho, y resulta que estaba toda llena de grupos tocando música, stand con venta de comida, ropa, etc... Habí­a un parque de entretenciones que dejaba a Fantasilandia o a Eurodisney como nada, mientras miles de personas caminaban por la isla, un verdadero carnaval, una fiesta que no me esperaba, pero en la que faltaban los chilenos. En fin, así­ pasé mi noche en Viena, descubriendo el por qué le llamamos "vienesas a los 5 minutos", y es porque allí todo el mundo las come, pero son mucho más largas (de unos 40 cm. aprox.) y las comen dentro de un trozo de pan baguette, pero sobresale la mitad de la salchicha para fuera, no me quiero ni imaginar que dirí­a Freud de los Vieneses.


La mañana siguiente partí ya con rumbo a Italia, pues ahí­ me esperaban, pero no habí­a podido viajar directamente desde Parí­s porque habí­a un paro de trenes en Italia, así­ que me h­a tocado desviarme y dar un paseo rápido viaje a Austria, pero ahora debí­a proseguir mi ruta. De Viena de Venecia fue mi viaje, suena parecido, pero son ciudades muy diferentes que tienen en común el gusto por la música.


Venecia es una ciudad formada por canales que parece que no han limpiado nunca, porque la hediondez en ellos es terrible, en tanto por los rí­os principales circulan lanchas con el mismo sistema de un metro, hay estaciones en balsas y tienen recorridos, tuve que tomar la 82 para llegar al corazón de Venecia, la Plaza San Marcos, ahí­ los restaurantes tienen sus músicos tocando en sus afueras, mientras los turistas se sientas a escucharlos y consumir a precios exuberantes. Venecia es lindo, pero muy romántico, es agradable si uno está en las cercanía de los rí­os grandes, en la Plaza San Marcos o la Plaza del Lido, pero no me lleven a andar en góndola por los canales menores ni amarrado, porque muero intoxicado con el olor, nuevamente como ocurre en muchas partes, en el cine y en la TV todo se ve mucho mejor que en la realidad.


Escrito desde el Hotel Ferro di Cavallo - Pavullo (Italia)

Miércoles 30 de Junio . 12.53

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